martes, septiembre 20

Relato de Elisa Brown antes de morir.

Mi padre juró que lo protegería, que no dejaría que nada le pasara, pero como tantas veces atrás no cumplió su promesa. Si solo al irse mi prometido, Francis, me hubiera mirado a los ojos y estrechado entre sus brazos al igual que lo hacía días antes, ahora estaría más tranquila. Pero no, tanto pudor, tanta gente mirando, no era lo correcto. Así que seguí el protocolo y le dije un seco adiós, aunque el pañuelo blanco quedó empapado por la cantidad de lágrimas que corrían por mis mejillas, intentando alcanzarlo mientras se alejaba en su imponente caballo.
Mi mente quedó en blanco por unos días, no más, luego para alivianarme hice lo que habría hecho mi madre infinidades de veces con mi padre, escribir cartas, todas las semanas enviaba una diferente. No obtenía nunca respuesta, pero aún así no podía dejar de hacerlo.
Esa mañana en la que arribó la única carta que habría de llegarme, lo supuse, lo peor había pasado. Corto de palabras como la mayoría de los que pertenecen al ejército mi padre me relató en papel haciendo su mejor intento la heroica muerte. Sin mucho lujo de detalles me explicó en qué cementerio y cómo se había hecho el entierro.
En ese instante me puse mi vestido de novia, que ya tenía listo para cuando él regresara, y fui a buscarlo. Hacer un viaje, aunque sea corto, para mujeres como yo no era nada fácil. Tarde más de dos horas en encontrar el lugar. Cuando llegué lo primero que hice fue mirar alrededor, no había gente cerca de su bóveda. Era tiempo de despedirme.
Intenté forzar la puerta, con todas mis fuerzas, mis brazos débiles temblaban. Los guardias que vigilaban el lugar advirtieron mi presencia e intentaron detenerme, como vieron que no cedía llamaron a mi padre para alertarlo de las locuras de su hija. Seguí adelante, con mis uñas rasgué el metal y el ruido producido dañaba mis oídos, lloraba de dolor. Finalmente la puerta cedió, es le momento de ahora que no lo comprendo del todo.
Entré sin vacilar, abrí el cajón de par en par, no pude soportar el brillo blanco de sus ojos vacíos, así que lo besé, fingiendo que estaba aún vivo y que nada malo había pasado. Lo acaricié, recorrí todo su rostro con la punta de mis dedos blancos, aunque no tanto como él. Toqué sus parpados, su nariz, hubiéramos sido tan felices juntos, seguí por sus muñecas. De repente advertí que encerrado como en una jaula en la palma de su mano se encontraba el reloj dorado que llevaba consigo a todas partes, su más preciada pertenencia.
Me costó sacarlo, sus dedos estaban firmemente cerrados, parecían garras tejiendo telarañas invisibles sobre aquel reloj. Detrás de aquél había un pequeño papel doblado en cuatro, era un mensaje para mi, “siempre estaré a tu lado”. No pude contener las lágrimas, caían sin que pudiera frenarlas, lo extrañaba tanto. Me deshice en una lluvia constante, el llorar se volvió una parte más de mis ojos. El vestido se mojó, perdió su color original y se tornaba más oscuro.
Con una pequeña sonrisa en la cara tomé el papel y lo guardé en un pliegue de mi pollera. Luego desarmé con cuidado de artesana el reloj desprendí las manecillas y con ellas empecé a escribirle a Francis, rasgando en su piel, una parte de nuestro poema favorito “me parezco a tu ausencia y te pareces a mí resucitada…”. Sus mejillas no sangraban pero se iban llenando de surcos, que eran letras, que eran frases. Luego seguí conmigo, se hizo más complicado, ardía, su ausencia y los cortes. La sangre se mezclaba con el llanto y mi cuerpo expresaba su tristeza en todos los sentidos. Escribí la mitad del poema en él, la otra mitad en mí y esta breve carta con la poca sangre que me quedaba. Ya nada podría separarnos.
Solo falta el último paso, y si es que alguien está leyendo esto ya lo realicé. Papá, te pido perdón, aunque en cierta forma ya estabas en deuda conmigo. Lo único que te suplico es que nos entierres juntos, si fue corta nuestra estadía sobre la tierra espero permanecer eternamente junto a él debajo de ella. Adiós.

Elena Ivanovna Diakonova