El gato, y los ojos del médico. El médico, los ojos del gato. ¿Puede ser que haya perseguido aquel objeto durante tantos años para nada? Ah, sí, es encantador. Es… mágico, sí, sobrenatural. Una perfecta combinación de color bordó, rubíes enormes, zafiros brillantes y bordados de oro. Y esos ojazos negros, que te miran y te hacen caer en un abismo de oscuridad y desesperación.
¿Yo, justo yo, tenía que nacer en aquella familia adinerada, esa familia londinense? Claro, cuando era el hermano mayor con dieciocho años, orgulloso de poseer el símbolo de poder de la familia, el mundo parecía ideal para vivir. No obstante, el tiempo pasa y las mentiras tienen patas cortas. Bueno, una mentira de ciento cincuenta años. Supuestamente, el gato había sido traído de China hace unos cientos de años por la familia. ¡Qué ingenuos habíamos sido para creer esa mentira!
Una tarde aburrida y monótonamente blanca de invierno, subí al altillo a ver algunos baúles viejos. Uno de esos baúles, uno de hierro y sorprendentemente antiguo, llamó poderosamente mi atención. Ahí acabó la mentira de varias generaciones. En él había fotos y documentos de mi bisabuelo, un general inglés, en la India. De ahí venía ese preciado objeto, de un brujo hindú. El felino sí era mágico, estaba maldecido.
Esta historia no se pudo poner peor, pues una tarde, regresando de la casa de un amigo, subí al altillo nuevamente y descubrí que una ventana estaba abierta completamente, y el baúl, también. El gato había desaparecido.
Desde ese momento, asumí mi responsabilidad para recuperar ese maldito objeto y destruirlo, para evitar que otra persona caiga en la desgracia de comprárselo al ladrón. Además, desde ese momento, empecé a gastar la mitad de mi fortuna en detectives privados; Sherlock Holmes, el padre Brown, Auguste Dupin, Hercules Poirot, entre tantos otros. Mi locura por recuperarlo, y la falta de pistas sobre su paradero me llevaron a pensar: “¿El gato tendrá vida? ¿Se habrá escapado? No dejó rastro alguno.”
De hecho, esa idea me persiguió durante todo mi viaje, porque el gato no aparecía por ningún lado. Me tomé la molestia de revisar en todos los espacios y rincones de cada ciudad europea y asiática, tal como me habían mandado los detectives. Tomé todas las precauciones humanamente posibles, pero nada. Error sobre error; fallaba en cada misión.
Eso sí, cada cual tenía su hipótesis; según Holmes, lo habían tirado al río Támesis, Brown me venía con que era un enviado del demonio, Dupin afirmaba que se encontraba en el Museo Rodin en París, Poirot aseguraba que el ladrón vivía en una isla griega en el medio del Mediterráneo. Todo esto para no decirles las locuras que he escuchado en Asia. Es más, arribé a Hong Kong en marzo, y di vueltas y vueltas…
… y llegué a la India. A un pueblo llamado Jaipur. Estaba soleado y templado, por más que era ya fines de enero. No podía creer lo que estaba viendo. Me quedé congelado ante las carpas de las tiendas en la feria central. Gatos, gatos, y más gatos. De distintos colores, pero exactamente iguales. A esa altura de las circunstancias imaginaba que los felinos enjaulados que cruzaban por la muralla de la ciudad eran piezas enormes de cerámica y bordados de oro. No, claro que no; era una ilusión. Los vendedores se acercaban a venderme los endemoniados gatitos por £3. Juro que me pellizqué para salir de esa “pesadilla”. Y después,… la oscuridad.
Luego de un tiempo indefinido, desperté en medio de un olor a té rojo increíble. Pronto descubrí que estaba en la embajada británica, y los funcionarios me ofrecieron un pasaje de vuelta a casa. Yo acepté firme y decididamente; quería salir de Asia, y si era posible, encerrarme en mi cuarto para no pisar el mundo exterior.
Para mi sorpresa, encontré en mi bolso, durante el viaje, un gato igualito al que estuve buscando los últimos meses (o años, no lo sé). Lo podría haber tirado por la borda……pero no lo hice. Me daba pena. Ahora mismo lo tiraría al fuego del hogar si pudiera moverme o al menos decir alguna palabra. El médico me seguía mirando y me decía que iba a recuperarme pronto. Yo no podía despegar los ojos del gato. Los fui cerrando, mientras que los sirvientes y el médico me sacudían para intentar en vano frenar el destino que me tocaba vivir. Después de unos segundos ya no sentía nada, y varios pensamientos llegaron a mí antes de dormirme y no despertar jamás. El doctor aseguraba que se trataba de una leve fiebre tifoidea que había agarrado en la India, pero yo no estaba muy seguro de eso. Para mí era culpa del gato y la psicosis que me produjo; ese gatito pintoresco que quedaría arriba del mueble, cerca del fuego del hogar, durante varias generaciones, quienes tendrán el mismo fin que me tocó a mí. A esta altura no era bueno lamentarse, había que reírse de todo; de la ingenuidad y de la locura, del falso brujo hindú y del médico que sólo se mantuvo a mi lado por el dinero que le pagaría. Lancé una sonrisita inesperada (e inconsciente) y murmuré: “Jaipur”. Después, el silencio absoluto y la negrura del abismo que es causada por los ojos de ya saben qué. La muerte felina había llegado.
Lalo Cura.