martes, septiembre 20

Matar y Morir

Estamos todos sentados en ronda, con un arma en el bolsillo y el traje impecable, como todos los jueves, a la misma hora, en el mismo galpón. Solo que esta vez los hechos son diferentes, a Sanrío lo habían matado y yacía en el centro. Que haya un crimen tan claro entre los cinco que somos, sin contar al muerto, logra que las sospechas se mezclen con la paranoia y el ambiente se vuelva totalmente tenso.
Todos teníamos motivos, por plata, por deshonra, o por otras cosas que nuestro compañero ignoraba pero influía en los días que le quedaban.
¿Quién fue?, pregunta el personaje de mi izquierda. En ese momento todos fruncimos los labios, nos limpiamos la nuca, reaccionamos frente al miedo que nos invade. Acá el que mata muere y eso lo teníamos todos muy claro, hasta Sanrío con un tiro en la cien y la cara relajada.
Yo solo estaba seguro de quien no había cometido el crimen, ninguno de ellos. Pero yo tenía una razón, él no era como todos pensaban.
Años atrás, siguiéndole el rastro de cerca logré dar con él, no era tan imponente ni aterrador como había llegado a imaginarlo. Pertenecía a un grupo mafioso conocido en la ciudad y tenía un rango bastante alto, “Consigliere Sanrío” lo llamaban. Cuando di con él moví todos los hilos que se encontraban a mi alcance para lograr entrar en su secta. Acá estábamos ahora, yo en su grupo y él en el suelo.
Sanrío no era un hombre de bien y excepcional como todos pensaban. Nunca lo mencionó, pero había matado muchas personas y entre ellas a mi padre. Estaban en frente mío, yo era tan joven, no pude reaccionar, solo distinguí su mirada firme, negra y fría clavarse en sus ojos con la misma violencia que la bala en la boca de mi papá, solo que ésta logró atravesarlo.
A partir de allí prometí vengarme, para que él, que me había dado la vida, descansara tranquilo dondequiera que estuviere. Es por eso que cuando llegó mi turno, lo tuve delante y presioné el gatillo, el instante más placentero de mi existencia pasó delante de mis ojos. Me sentí completo, afiebrado de felicidad, a partir de allí lo que ocurriera no tendría importancia. Muchos dicen que se nace con una misión, la verdad la desconozco, pero si hubiera merecido una, estoy seguro de que fue esa y que la cumplí.
Verlo en ese reposo eterno con su mirada perdida era para mí una verdadera obra de arte No pude tocarlo, por miedo a que pierda aunque sea un mínimo grado de perfección. Lo contemplé así, con la sangre desparramada formando una telaraña roja. No tuve tiempo para ocultar su cuerpo.
Al llegar todos dije haberme sorprendido al verlo, pero ahora sentados como estamos no le encontraba fin a seguir fingiendo. Era un hombre pleno, no necesitaba nada más. Me paro y anuncio: “Yo lo hice”. No logro distinguir en sus caras asombro alguno, ¿acaso ya lo supondrían?, no importaba ya. “¿Por qué?”, pregunta un señor con barba que se encuentra en frente mío. No respondo, gente asesina como ellos no merecen explicaciones, pero alto, ahora yo también formaba parte de esta clase.
Cuatro hombres parados, con cuatro armas que apuntan directamente hacia mi pecho, despliegan sus proyectiles, intentos de aves, y se sumergen en mí trasladándome a mis días en la infancia, donde todo era igual de simple que en este instante. Y me río de lo poético que me pone el asunto, pero es así, me despido feliz.

Salvador Domingo Felipe Jacinto Dalí i Domènech