domingo, septiembre 4

Un ocaso eterno



Miro el ocaso, maravilloso e imponente.

Miro, como emborrachado por el néctar de su belleza.

Aquellos rayos que atraviesan fugaces el infinito cielo de pensamientos,

que me atan y encadenan a la tierra.

Que no quieren escapar, para ser pensados.

Que no se quieren ir, para ser amados.

Ahora que el sol se oculta en el lejano horizonte,

ya no quedan sentimientos que mi corazón añore.

Sin nada por qué vivir, y nada que admirar;

Con mis ojos hechos mares de agua,

lanzando maremotos a los hoyos violetas debajo de ellos.

Ahogándome en mis lágrimas y muriendo de dolor

Me arrojo a las profundidades del ancho mar

Para reunirme con mi amado ocaso,

Que me espera impaciente del otro lado.

Aquí en este enigmático océano,

donde viviré lo último de mi vida.

Mirando aquel gran reloj, que con cada tic se lleva mis segundos

a la infinidad del universo en su plenitud.

A donde ningún hombre ha llegado.

Donde tan solo los seres míticos pueden llegar.

Allí, donde el tiempo no es tiempo,

sino que son mínimas expresiones de la nada.

Allí, donde la vida es tan solo la menor parte del ciclo eterno.

Allí, donde la nada es un todo completo de la simpleza.

Allí, donde la complejidad es algo lejano a lo cercano.

Allí, donde la vida diaria es un gran paradigma.

Allí, ahogándome en mi agonía y melancolía.

Esperando paciente

El momento final.



Eilan.